La Generación del 27. Un paseo por sus cafés y lugares de encuentro
Información de la ruta
- Categoría
- Duración150 min
- OrigenC. de Carretas, 4, Centro, 28012 Madrid, España

Puntos de la ruta
Puntos de la ruta
![Fachada del Antiguo Café y Botillería de Pombo. [Hacia 1940] Foto Martín Santos Yubero Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.](https://visitmadrid-files.s3.eu-west-1.amazonaws.com/files/styles/scale_webp_600x400/public/2026-09/Pombo.%20%20Foto%20Mart%C3%ADn%20Santos%20Yubero%20Archivo%20Regional%20de%20la%20Comunidad%20de%20Madrid._0.jpg?VersionId=d9_tvz0xCAT_G78kmsdiB91Kpnkconzi&itok=viQlaACt)
Café Pombo
Del antiguo Café y Botillería de Pombo solo quedan unas letras de bronce encastradas en el suelo, pero bien merece la pena acercarse hasta este emplazamiento de la calle Carretas, al lado de la Puerta del Sol, para imaginar a Ramón Gómez de la Serna transitando por sus alrededores y formulando alguna de sus célebres greguerías, frases llenas de ingenio conformadas por juegos de palabras y de imágenes. En su origen, funcionaba también como botillería -un comercio en el que servía vinos, licores y refrescos- y fue frecuentado por Goya. El gran pintor no podría sospechar la importancia cultural que el local llegó a ostentar a comienzos del siglo XX.
En 1915, Gómez de la Serna inició sus tertulias de los sábados por la noche, bautizadas por él mismo como “La sagrada cripta del Pombo”. Los reputados encuentros estuvieron vigentes durante más de veinte años, hasta su exilio. Pocos años después, en 1950, el café cerró definitivamente. Eso sí, en su manifiesto fundacional ¡se prohibía hablar de política, toros o fútbol!
A Serna le acompañaban habitualmente los hermanos Bergamín, el también escritor Salvador Bartolozzi o el pintor José Gutiérrez-Solana, que inmortalizó en 1920 una de aquellas reuniones en el famoso cuadro que puede admirarse en el Museo Reina Sofía. Entre todos los asistentes, hicieron del Pombo un lugar emblemático para el desarrollo de las vanguardias españolas, tanto artísticas como literarias. La mesa presidencial en la que celebraban la tertulia se conserva en el jardín del Museo del Romanticismo, donde se ubica su encantador salón de té, que no hay que dejar pasar la oportunidad de visitar.
Ramón fue una referencia fundamental para las jóvenes promesas de la Generación del 27. De ahí que figuras como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Salvador Dalí o Luis Buñuel se dejaran caer por el mítico establecimiento para iniciar su andadura intelectual por Madrid.
Solo falta recordar la especialidad de la casa: ¡sus famosos sorbetes de arroz! Sus propiedades astringentes llevaron a que el Pombo se conociera con el poco correcto nombre de “El café de los Cagones”.

Gran Café Gijón
Los cafés ofrecían el ambiente idóneo para el encuentro social: sus amplios salones contaban con mesas de mármol y abundantes sillas en las que poder pasar horas consumiendo café, chocolate o bebidas alcohólicas. De ahí que se convirtieran en lugar favorito de reunión para los distintos movimientos literarios y artísticos que se fueron desarrollando durante los siglos XIX y XX. Estos comercios se establecieron como foro de debates, a veces encendidos, donde estudiantes, profesionales liberales, intelectuales y artistas discutían sobre política, historia o literatura.
El Gijón es, sin duda, uno de los más importantes y uno de los pocos que ha sobrevivido al paso del tiempo. Ya escojamos su magnífica terraza, en pleno paseo de Recoletos, o su espacioso salón interior, el Gran Café de Gijón, fundado en 1888 y recientemente rebautizado, representa la esencia misma de la tertulia y del mundillo ilustrado de la capital. En sus paredes, dibujos, fotos y textos manuscritos recuerdan su pasado glorioso poblado por gentes de la cultura. Los característicos veladores de mármol, propios de los cafés parisinos y vieneses a los que Madrid empezó a imitar, acogieron a personalidades como Benito Pérez Galdós o Rubén Darío.
Asimismo, El Gijón fue uno de los lugares de reunión predilectos para las y los artistas de la Generación del 27. Su gran salón era a menudo ocupado por Luis Cernuda, cuyo carácter reservado convivía con la vitalidad de Salvador Dalí, Luis Buñuel o Federico García Lorca. El poeta granadino, recién llegado a Madrid, escribía a su familia: “Por las noches vamos al café Gijón, un antiguo y simpático café situado en la Castellana”. Gerardo Diego, además de coincidir con los ya mencionados, fue el fundador y la máxima referencia de la llamada Tertulia de los Poetas, que fundó después de la guerra, manteniendo vivo el espíritu del 27. El Gijón fue definido, ya hace tiempo, como “el último café literario de Madrid”. Hoy en día sigue ostentando ese título con orgullo.

Cervecería de Correos
La Cervecería de Correos se llamaba así por encontrarse justo enfrente del Palacio de Cibeles, que, por aquel entonces conocido como Palacio de Comunicaciones, ofrecía los servicios de correos, telégrafos y teléfonos. El espectacular edificio de 1919, gran ejemplo de arquitectura modernista, ha sido reconvertido en un espacio polivalente que alberga, entre otras cosas, CentroCentro, dedicado al arte contemporáneo. El Palacio se denomina así por estar situado en la plaza del mismo nombre, donde se alza la fuente de Cibeles, uno de los lugares más emblemáticos de Madrid.
En la Cervecería solían celebrarse reuniones literarias. Era, de hecho, uno de los bares favoritos de Federico García Lorca y Rafael Alberti. También era frecuentada por el chileno Pablo Neruda, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Luis Buñuel, Concha Méndez, Manuel Altolaguirre, Maruja Mallo y Miguel Hernández, cuando acudía a la capital desde su Orihuela natal. El llamado “poeta del pueblo” dedicó un desgarrador poema a Madrid, doliéndose de los bombardeos que sufrió durante la Guerra Civil española. El penúltimo verso dice “Eres mi casa, Madrid: mi existencia”.
Otro asiduo de la cervecería fue Vicente Aleixandre, cuya casa Velintonia, que fue uno de los grandes centros de encuentro de la Generación del 27, ha sido recientemente adquirida por la Comunidad de Madrid para convertirla en la Casa de la Poesía.
El uso del local sigue estando destinado a bar, pero la cervecería como tal ya ha desaparecido, de la misma manera que lo hicieron otros lugares emblemáticos como el café el Henar, el Negresco, el Lyon o el León, todos ellos mudos testigos de un Madrid de efervescencia cultural y creativa.

Ateneo de Madrid
En pleno Barrio de las Letras, se encuentra una de las instituciones culturales con más solera de la ciudad: el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid. El germen de esta sociedad tuvo lugar en el año 1820, aunque no se instaló en el emplazamiento que todavía ocupa hoy en día hasta 1884. El edificio, de estilo modernista, tiene una bella fachada sobre la que podemos contemplar tres medallones escultóricos con los retratos de Alfonso X el Sabio, representando las ciencias, Cervantes, la literatura, y Velázquez, las artes: tres referencias históricas imprescindibles para la cultura española.
Su legado sigue vivo: por el Ateneo madrileño han pasado todos los Premios Nobel españoles y los personajes más renombrados de la Generación del 98, la del 14 y, por supuesto, la del 27. La primera mujer admitida como socia fue la gran escritora Emilia Pardo Bazán. Y personalidades como Ramón María del Valle-Inclán, Miguel de Unamuno o Manuel de Azaña fueron sus presidentes.
Durante el primer tercio del siglo XX, el Ateneo madrileño se convirtió en uno de los más importantes lugares de referencia para la élite intelectual de la capital. Ramón Gómez de la Serna fue el secretario de su sección de literatura, lo que demuestra la actitud vanguardista de la institución. Federico García Lorca, Pedro Salinas, Jorge Guillén o Vicente Aleixandre participaron en conferencias y lecturas poéticas.
En su interior, son impresionantes la biblioteca -considerada por el propio Ateneo como su mayor tesoro-, la galería de retratos o el salón de actos. Testimonio fundamental en la vida cultural madrileña fue la sala conocida como “La cacharrería”, un espacio situado en la planta baja que acogió grandes debates. No está claro si su nombre procede de los “cacharros” que la decoraban (vasijas de cerámica) o del ruido que acaban generando los fervientes participantes de las tertulias, como “cacharros” entrechocando entre sí. Y hablando de cacharros, el Ateneo cuenta también con un restaurante, pero es tan excepcional que tiene una pega: como el resto de los espacios, es solo accesible para socios y socias.

Los Galayos
Con más de cien años de historia, el restaurante Los Galayos ocupa una esquina de la pintoresca Plaza Mayor. Sus paredes están cubiertas de grabados y fotografías antiguas que dan testimonio de todos los avatares que ha acogido entre sus puertas.
Una de las fotos más emblemáticas, que se ha convertido en icono del lugar, es la de la cena que se llevó a cabo en homenaje al poeta Luis Cernuda, a raíz de la publicación de su poemario La realidad y el deseo. El 29 de abril de 1936, pocos meses antes de que estallara la Guerra Civil que desmembró a la Generación del 27, se juntaron allí Federico García Lorca, Rafael Alberti, María Teresa León, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Concha Méndez, José Bergamín, Maruja Mallo y Pablo Neruda. Por aquel entonces, Los Galayos se llamaba Casa Rojo y dispuso el salón Duque para acoger a tan insignes artistas.
No podían sospechar que al poco tiempo el país quedaría sumido en la violencia de la Guerra Civil. La cena permaneció en la memoria como símbolo de una época dorada que se disolvió ante el dolor de la guerra y el exilio -o mucho peor, el asesinato- de los componentes del grupo.
Aquella noche degustaron platos típicos de la cocina madrileña tradicional, que sigue siendo la seña de Los Galayos hoy en día. No se sabe exactamente cuáles fueron, pero en el menú conmemorativo que el restaurante preparó en 2017 incluyeron el croquetelón (un cóctel que Pablo Neruda ofrecía a sus invitados en su piso de la Casa de las Flores), el Gran Cocido Parisienne, con receta de la periodista y escritora Carmen de Burgos “Colombine”, o el bacalao a la bolchevique, bautizado así por Rafael Alberti y María Teresa León. Hoy en Los Galayos no podemos disfrutar de estas originales propuestas, pero te conquistarán con su especialidad: el cochinillo asado.

La Mallorquina
“Allí, otro Yazzband: platos, vasos, cuchillos, peticiones concisas, rápidas: ‘Un whisky. Vermouth. Sandwich; dos raciones’. Puerta de tela metálica. Bandejas de pastas. Cajones de botellines de aperitivos y de leche. Anchos tableros muy limpios. Cestos de mimbres colmados de dorados panecillos. Frigorífica repleta de fiambres. Cajas de mantequilla inglesa”.
Así describía Luisa Carnés el salón de té en el que trabajaba Matilde, la protagonista de su magnífica novela Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita en 1934. Este salón de té no se correspondía, en realidad, con la afamada pastelería La Mallorquina. Tampoco la autora quería representar un idílico lugar donde tomar un té y degustar un pastel, sino que, partiendo de su propia experiencia trabajando en un comercio similar, presentó en su obra una crítica a las duras condiciones de vida de las clases más humildes de la sociedad de la Segunda República. Con una afilada mirada comprometida y feminista, incidía sobre todo en la precaria situación de las mujeres explotadas tanto en el ámbito público como en el doméstico.
Pero aunque el establecimiento del libro no se identifique con La Mallorquina, nos sirve como excusa para encontrar un lugar de descanso ideal, característico del Madrid por el que paseaba la Generación del 27 a la que Carnés se adscribe. La pastelería fue fundada en 1894 y desde entonces se ha mantenido en el mismo local, en plena Puerta del Sol. Mientras en el piso de abajo venden sus productos, en la planta de arriba conserva su tradicional salón con amplios ventanales que miran a la icónica plaza. Una de sus especialidades son las pastas de té, que podemos imaginar en el relato de la novelista.
También nos queda otra imagen evocadora descrita por Carnés, en la que, caminando por el centro de la ciudad, Matilde pasa delante de un bar en el que fríen buñuelos, “dorados y humeantes, despiden un olor grato a mantequilla y anís”.

Lyceum Club Femenino - Casa de las Siete Chimeneas
En 2026 el Lyceum Club Femenino celebra su cien aniversario, ya que fue fundado por la pedagoga María de Maeztu en 1926. Nació como un club de pensamiento y encuentro para mujeres, agrupando desde sus inicios a un centenar de socias que ascendieron hasta un total de 500. Sus objetivos eran promover la educación y la cultura, fomentar la participación pública de las mujeres en distintos ámbitos y defender los derechos de las mujeres españolas.
Muchas de las mujeres vinculadas con la Generación del 27 fueron socias de esta pionera institución. Fue el caso de Victoria Kent, Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Maruja Mallo, María Teresa León o Rosa Chacel. Todas ellas fueron pioneras del feminismo y su trabajo, desde muy diversas disciplinas, fue fundamental para la modernización de España.
Entre sus muros tuvieron lugar debates y conferencias, exposiciones y conciertos. Allí, Concha Méndez estrenó, en 1929, su obra El ángel cartero, para la que Maruja Mallo realizó los decorados. El club siguió en activo hasta el final de la guerra civil. Su existencia fue efímera y su legado fue invisibilizado hasta su recuperación actual.
El Lyceum, que se ubicó en la Casa de las Siete Chimeneas, hoy sede del Ministerio de Cultura, contaba con su propio salón de té donde sus socias se encontraban. Así describía Victorina Durán el interior: “Tenía un salón con un piano de cola para conciertos, y en él se daban conferencias casi a diario. Las asociadas importantes y los mandos tan importantes de otras, hacían de este club un lugar exquisito y de gran categoría. Había una sala de té, decorada con todo gusto, una biblioteca y una salita de bridge”.
Hoy en día, las terrazas de la Plaza del Rey son un fantástico emplazamiento para sentarse un rato y recordar a estas grandes mujeres.

Los Gabrieles
En pleno corazón del Barrio de las Letras, en el que los susurros de los escritores te acompañan a cada paso, se encuentra la taberna Los Gabrieles. Este local centenario, ubicado en una esquina de la calle Echegaray, ha permanecido cerrado durante más de veinte años, de ahí que su reapertura en 2026 sea algo a celebrar, una invitación a adentrarnos en su interior que no podemos rechazar.
Es difícil escoger el lugar en el que sentarnos: cada pared, cada rincón, está cubierto de maravillosos mosaicos de azulejos que nos hablan de tiempos pasados, tiempos de poetas, toreros, cantaores, artistas locales e internacionales, personajes de la tradición y personajes de la vanguardia. Y flamenco, mucho flamenco.
Hasta tal punto impresiona su decoración que se habla de Los Gabrieles como de la Capilla Sixtina de la azulejería madrileña. Muchos de los bellos paneles son reclamos publicitarios, de galletas, de membrillo, pero sobre todo bodegas de vino de Jerez. Otras composiciones retratan escenas taurinas, aunque el mosaico más celebrado de todos es el de la Esqueletomaquia, con unos alegres esqueletos bailando y tocando la guitarra.
¿Y de dónde le viene al bar su singular apelativo? “Gabrieles” era el nombre popular con el que a comienzos del pasado siglo se conocía a los garbanzos, tan habituales en la dieta madrileña. Y es que el local se inauguró en 1907, en una ubicación diferente, como establecimiento que servía exclusivamente comida para llevar a precios económicos.
Dos años después, la taberna se reconvertía al formato que le dio fama: un bar restaurante de carácter andaluz especializado en conciertos de flamenco en directo. Tapas y platos tradicionales del sur, bien regados por vinos de Jerez acompañaban las actuaciones. El interés por el folklore de Andalucía hizo que a la zona en torno a la Plaza Santa Ana se la conociera como ‘el barrio andaluz de la capital’.
No es de extrañar que este ambiente popular atrajera la atención de Federico García Lorca, amante del Cante Jondo y admirador de Antonio Chacón, el Papa del Flamenco, que fue un habitual en los espectáculos de Los Gabrieles. También Miguel Hernández frecuentó el bar en aquellas ocasiones en las que viajaba a Madrid. La foto de ambos cuelga de las paredes de este centenario local.

Residencia de Estudiantes
Situada en el bucólico lugar conocido como “La colina de los chopos”, la Residencia de Estudiantes es un idílico oasis en plena urbe madrileña. Rodeada por una vegetación cuyos olores te transportan a la sierra madrileña, fue el corazón del intelecto y del arte nacional, desde su fundación en 1910, gracias a sus residentes y a las actividades culturales allí organizadas. No en vano Rafael Alberti definió la Residencia como “casa de la cultura, albergue de poetas”.
La Residencia sigue hoy en día alojando a investigadores y artistas, que hacen uso de su restaurante que, además, está abierto al público, por lo que es una excusa fantástica para acercarse a este lugar en el que Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel o Pepín Bello vivieron durante largas temporadas. No solo fue el hogar de estos creadores, también funcionó como un espacio de referencia y de agitación cultural para muchos otros: Pedro Salinas, Ernestina de Champourcín, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Concha Méndez, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre fueron asiduos visitantes y participaron en muchas de sus iniciativas.
De entre todos ellos, tal vez el residente que más huella dejó en la actividad creativa vinculada con la Residencia fue Federico García Lorca, que se alojó allí entre 1919 y 1928. Además de las relaciones de profunda amistad y camaradería que estableció con muchos de sus compañeros, Lorca ofreció dos conferencias en su salón de actos. Por ese mismo salón desfilaron personalidades como los científicos Albert Einstein y Marie Curie, arquitectos como Walter Gropius y Le Corbusier, los escritores G. K. Chesterton y H. G. Wells, o Howard Carter, descubridor de la tumba de Tutankamon. También se organizaron conciertos a cargo de Igor Stravinsky o Maurice Ravel.
Cuenta José Moreno Villa que los cuartos donde se alojaban Lorca, Buñuel o Dalí eran “hervideros de discusiones y de travesuras estético-literarias”. De la habitación de Federico dijo Buñuel que era “uno de los puntos de reunión más solicitados en Madrid”. Todavía entre sus paredes, en su restaurante, en su cafetería, puede sentirse el peso de la historia, el arte y la literatura.
