La Mallorquina

“Allí, otro Yazzband: platos, vasos, cuchillos, peticiones concisas, rápidas: ‘Un whisky. Vermouth. Sandwich; dos raciones’. Puerta de tela metálica. Bandejas de pastas. Cajones de botellines de aperitivos y de leche. Anchos tableros muy limpios. Cestos de mimbres colmados de dorados panecillos. Frigorífica repleta de fiambres. Cajas de mantequilla inglesa”.

Así describía Luisa Carnés el salón de té en el que trabajaba Matilde, la protagonista de su magnífica novela Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita en 1934. Este salón de té no se correspondía, en realidad, con la afamada pastelería La Mallorquina. Tampoco la autora quería representar un idílico lugar donde tomar un té y degustar un pastel, sino que, partiendo de su propia experiencia trabajando en un comercio similar, presentó en su obra una crítica a las duras condiciones de vida de las clases más humildes de la sociedad de la Segunda República. Con una afilada mirada comprometida y feminista, incidía sobre todo en la precaria situación de las mujeres explotadas tanto en el ámbito público como en el doméstico.

Pero aunque el establecimiento del libro no se identifique con La Mallorquina, nos sirve como excusa para encontrar un lugar de descanso ideal, característico del Madrid por el que paseaba la Generación del 27 a la que Carnés se adscribe. La pastelería fue fundada en 1894 y desde entonces se ha mantenido en el mismo local, en plena Puerta del Sol. Mientras en el piso de abajo venden sus productos, en la planta de arriba conserva su tradicional salón con amplios ventanales que miran a la icónica plaza. Una de sus especialidades son las pastas de té, que podemos imaginar en el relato de la novelista.

También nos queda otra imagen evocadora descrita por Carnés, en la que, caminando por el centro de la ciudad, Matilde pasa delante de un bar en el que fríen buñuelos, “dorados y humeantes, despiden un olor grato a mantequilla y anís”.