Teatro Real

Los jóvenes poetas del 27 —Lorca, Alberti, Guillén, Salinas...— asistían a conciertos y tertulias musicales en torno al teatro. Admiraban en Falla la capacidad de fundir lo popular (el cante jondo, las canciones andaluzas) con la modernidad de Ravel o Debussy.

Para ellos, Falla fue lo que Picasso representaba en pintura: una revolución desde la raíz. Concha Méndez recordaría en sus memorias cómo aquella nueva música “hacía vibrar la ciudad entera”.

Entre 1916 y los años 30, el Teatro Real fue epicentro de la renovación musical madrileña. Aquí se estrenaron obras de Manuel de Falla, como Noches en los jardines de España, y pasaron pianistas como Ricardo Viñes o Arthur Rubinstein, ídolos de una generación que veía la música como la forma más pura de poesía. De hecho, durante el estreno de Noches en los jardines de España, el público madrileño escuchó por primera vez una música que sonaba española y universal a la vez. Lorca, que estudiaba entonces en la Universidad, quedó fascinado y poco después escribiría sus Canciones populares antiguas, con acompañamiento de piano, como un eco poético de Falla.

Estuvo cerrado durante 40 años, por reformas y problemas que se alargaron demasiado, el edificio sirvió como almacén del ejército y sala de ensayos de ballet. Los madrileños comenzaron a llamarlo “el teatro dormido”, porque el edificio seguía en pie, imponente frente al Palacio Real, “durmiendo” su esplendor cultural. Hoy ofrece visitas guiadas y su terraza sobre la Plaza de Oriente es uno de los miradores más bellos de Madrid.