Plaza de Santa Ana - Teatro Español

Mientras las mesas de los cafés eran refugio de poetas y músicos, el aire sonaba a flamenco y a copla popular. Estamos en la hermosa Plaza de Santa Ana, escenario de reuniones y tertulias donde se juntaban Alberti, Guillén, Dámaso Alonso, Cernuda...

Una plaza siempre viva, donde también se dejaban ver Rosa Chacel y Ernestina de Champourcín dialogando con los poetas. El rumor de las conversaciones, las guitarras y los organillos componían aquí una música cotidiana, el pulso de un Madrid creativo y luminoso.

En esta plaza, a pocos pasos, puedes visitar el Teatro Español, activo desde el siglo XVI y uno de los más antiguos de Europa. En su fachada verás placas dedicadas a Larra y Zorrilla.

En 1930, aquí se estrenó La zapatera prodigiosa de Federico García Lorca. Frente a su fachada encontramos su preciosa estatua con una alondra en las manos recuerda su vínculo con Madrid y con el teatro.

Tres años después, en 1933, Lorca volvió a triunfar con Bodas de sangre, interpretada por la compañía de Margarita Xirgu. Fue un éxito rotundo: el público aplaudió durante más de diez minutos. Aquella noche, Lorca se consagró definitivamente como figura central del teatro español.

En estos mismos años, Lorca acompañó al piano a La Argentina en la grabación de sus Canciones populares antiguas. Entre ellas, Los cuatro muleros o Anda jaleo, que pronto se escucharon en cafés, radios y salones de toda España. Gracias a ella, valoraron y rescataron estas canciones tradicionales, hoy seguimos escuchando un legado vivo del folclore español.

Aquellas canciones, nacidas de la tradición popular andaluza, simbolizan el espíritu del 27: la unión entre lo popular y lo culto, entre la palabra poética y la música viva del pueblo. Muchos de los poetas —desde Alberti hasta Concha Méndez— se inspiraron en esa fusión sonora que daba ritmo a la ciudad.

La Plaza de Santa Ana, con sus cafés, teatros y tertulias, fue el escenario perfecto para esa sinfonía urbana: una mezcla de flamenco, conversación y poesía que aún parece flotar entre sus terrazas.

«Yo quiero que el agua se quede sin cauce,
yo quiero que el viento se quede sin valles.»
— Federico García Lorca. Bodas de sangre